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LOS PAJARILLOS

(Este relato lo escribí pensando en el barrio obrero por excelencia de Basilea: KleinhüningeHadesn. Sus fábricas (geishas), las chimeneas de las mismas y los tranvías que cada mañana transportan a los trabajadores, hacen de este rincón un sitio especial dándole un toque de poesía)

Los pajarillos

Cada mañana, cuando la aurora riega la ciudad con sus primeros rayos de luz, veíamos abrirse la puerta tímidamente y, como soplo de viento leve, sin ruido ni apenas movimiento, salía ligera con su jaula y sus pajarillos en la mano. Se acercaba hasta la puerta del supermercado, disponía los sacos de tierra para plantas a su manera y, acomodándose entre ellos, se dormía. Dormía ese sueño mañanero, profundo y vigilante a la vez. Ese sueño donde se viven las escenas más intensas de la noche, donde se entra más adentro del inconsciente y el alma desvela deseos e historias irreveladas a la consciencia. El sueño donde la irrealidad del mundo onírico se mezcla con los colores y formas reales de la estancia donde en se duerme. Así, el país de fantasía adonde su mente la conducía cada mañana, se entremezclaba con la luz del alba y el cielo azul, el lucero matutino y el fresco de la alborada.

Cuando los primeros rayos del sol en marcha unísona con los primeros ruidos de Kleinhüningen, la frecuencia de los tranvías, la fluidez del tráfico y el vocear de las sirenas de la Ciba llamando a los primeros operarios, se aunaban, Flor de Té se despertaba, cogía sus pajarillos y entraba en la casa. Ese era también el momento donde las miradas de los vecinos que la habíamos observado desde nuestras ventanas chocaban y, embarazosamente, déjabamos caer los visillos. Una hora más tarde la volvíamos a ver salir enfundada en un vestido rojo de cuello kimono dirigiéndose hacia Dreirosen. Era bella. El pelo lacio, negro y en corte a lo paje, enfundaban la cara de tez pálida, ojos almendrados, y labios granate. Pero se movía tan dulcemente que apenas si se la percibía en su deslizarse por la calles.

Una mañana, despues de cumplir el ritual ya maníaco de apagar el despertador que había obedecido a la orden de despertarme al albor, salí furtivamente a la ventana y la observé como de costumbre. El cielo empezaba a cobrar los primeros brillos plateados y Flor de Té liberó la jaula del pañuelo de seda multicolor que la cubría. Enfundada en un albornoz negro, se recostó en la improvisada almohada de tierra y cayó en un profundo sopor que me contagió y, fue así que yo me dormí en su sueño.

En medio de una niebla color rosa y con perfume de jazmín fuí llevada a una estancia poblada de geishas que me miraban con su sonrisa hipócrita. Un pequeño oriental se abrió paso entre ellas y me mostró un inmenso río de llamas rojas y verdes. Al otro lado del río se encontraba un gran gigante con la palabra Basel escrita en la cara y hacía guiños y gestos a una gran dama que llevaba por tocado el campanario de una Iglesia. Las geishas se alborotaron y corrieron de un lado a otro asustadas por una enorme mancha verde que por el cielo se aproximaba. Feo, de ojos rojos y lengua amarilla, hiperdimensional y de papel, el monstruo verde abrió su boca como para engullirme pero, en vez de hacerlo, dejó salir de su vientre un montón de hormiguitas que se dirigían aceleradamente hacia las geishas. Éstas, en vez de rechazarlas, las acogieron gustosas bajo sus pies y, debido al cosquilleo por ellas producido, dejaron oír unas risas largas y hululantes como el gemir de las sirenas.

Flor de Té se despertó y, recogiendo sus pajarillos, se fue a su casa. Mis ojos se entrecruzaron entonces con los de los vecinos y nos miramos sorprendidos, conscientes de haber participado todos del mismo sueño.

Y otra mañana Flor de Té no volvió a salir. De la misma manera dulce como llegó, desapareció de nuestras vidas y de aquel rincón de Kleinhüningen. Nadie preguntó quién era, ni qué hacía, ni cómo había llegado allí, ni cómo había desaparecido. Teníamos miedo de darle historia y romper el encanto que dejó en nuestras vidas aquella pesadilla de verano.

Angela Fdez. de Quero Díaz

 

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