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Archive for the ‘Bibliocriptana’ Category

Georg Trakl (uno de los iniciadores de las vanguardias y el expresionismo)

Los cuervos

Sobre el rincón negro acosa

de los cuervos la sombra a mediodía,

roza la cierva en agria gritería,

y suele verse cuán hoscos reposan.

Oh cómo inquietan la parda calma

en que un campo se extasía,

cual mujer que grave intuición cautiva;

y suele oírse cuando regañan

por carroña, que por allí han de oler,

y vuelven de pronto al norte el vuelo

y cual cortejo piérdense en el cielo,

en aires que tiemblan de placer.

(Foto: Óleo, Los cuervos. Carlos Granado)

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FELPUDO ELECTRÓNICO

Y bien… si ponemos un felpudo electrónico en nuestras casas, todo el mundo se sentirá dichoso de poder limpiarse los pies…

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TODO ES JUGAR

Quieres concienciar a la gente de la necesidad de proteger el medio ambiente? No hombre no hay necesidad de ello, convierte las normas en juego y todos se sentirán felices de seleccionar y reciclar. Que no? Bueno, haz la prueba y verás. Sí, sí, mira a los que hicieron la prueba: 

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34

Para mí, una brizna de hierba no vale menos que la
tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga, y así un grano de
arena y el huevo del reyezuelo,
y la rana arbórea es una obra maestra, digna de
egregias personas,
y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda hace burla
de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz, es más bella
que cualquier escultura;
y un ratón es milagro capaz de asombrar a millones de
infieles.

45

Mira tan lejos como puedas, hay
espacio ilimitado allá,

cuenta tantas horas como puedas, hay
tiempo ilimitado antes y después.

Mi cita ya ha sido concertada y es
segura,

allí estará el Señor, esperando que yo
llegue en perfectas condiciones

allí estará el gran Camarada, el amante
verdadero que he anhelado.

48

Dije que el alma no es superior al cuerpo,
y dije que el cuerpo no es superior al alma,
y nada, ni Dios siquiera, es más grande
para uno que lo uno  mismo es,
y quien camina una cuadra sin amar al prójimo
camina amortajado hacia su propio funeral,
y yo o tú podemos comprar la flor y nata
de la Tierra sin un céntimo, sin un céntimo
en el bolsillo,
y mirar con un sólo ojo o mostrar un grano
en su vaina, desconcierta las enseñanzas
de todos los tiempos,
y no hay oficio ni empleo en el que un joven
no pueda convertirse en héroe,
y el objeto más delicado puede servir
de eje al universo,
y digo a cualquier hombre o mujer:
que tu alma se alce tranquila y serena
ante un millón de universos

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Cuando hace años leí El siglo de las luces quedé fascinada por esta maravillosa novela, por la riqueza de su lenguaje, la cantidad de adjetivos y nombres nuevos para mí en aquel entonces y sobre todo por el relato casi fotográfico de lugares y situaciones.

Por supuesto que todo el transfondo histórico me intersó, pero al no ser una historiadora ni estar demasido versada en el tema, pensé, intuyendo que este fondo sería una fuente de información muy enriquecedora, que un día volvería a leer este libro con algo más de tiempo y con una enciclopedia en la mano.

Hoy lo he hecho. Aprovechando esta infinita enciclopedia y fuente de datos que es internet, he vuelto a leer El siglo de las luces, y, si la primera vez fue para mi una maravillosa aventura, esta vez ha sido una sorprendente información. Empezando porque la inquietante obra pictórica de la que los personajes una y otra vez hablan, Explosión de una catedral, es el  cuadro que representa el rey Asa destruyendo los ídolos, de François de Nomé, alias Desiderio Monsú, y por lo tanto existe; hasta que el personaje Victor Hugues no es un remedo literario de Victor Hugo, sino que realmente fue un personaje histórico muy relevante en la revolución francesa en las Antillas. El incorruptible sí que era Robespierre y otras muchas citas que, como ya he dicho, para una laica de la historia el poder descifrarlas ha supuesto una sorprendente y apasionante vuelta a descubrir de una etapa histórica si no olvidada, si caída en el hastío de la rutina y el deshuso.

Si quieres saber qué papel desempeñó la masonería en el impulso de la revolución, el porqué de su desacreditación una vez comenzada ésta, si quieres saber la repercusión de la revolución francesa en las Antillas y por qué precisamente hubo de repercutir ésta en las islas, te recomiendo leer o volver a leer El siglo de las luces, ahora sí, si no eres docto en historia, líate con internet y verás cómo alucinas ante esta maravillosa y poética recogida de informaciones.

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POBREZA A LOS DIEZ AÑOS

Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
de un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela… Apenas tercer grado…
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
recostada, mirando, me invadía el cansancio
de ver cómo corrían los otros por el patio.

Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
vencida y diminuta, mi corazón sangrando…
Si supieran los hombres cuánto a los diez años
puede sufrir un niño por no tener zapatos…
Qué anticipo de angustia. Todavía perdura
doliéndome el pasado. El patio de la escuela
y aquel recreo largo…

Mi piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón a los diez años.

ESTA LLUVIA, EL PERDON, Y MIS ROSALES

Y la lluvia sonríe, canta dentro
del cristal que me habita
y repercute
sobre un suelo ya antiguo
en otras lluvias, y otras tardes miradas
desde lejos.

Mi ventana de ver el mundo, abierta,
y mi puerta a algún náufrago,
descubro
que no hay puertas,
que nunca hubo ninguna
para abrir, ni cerrar; que estuve afuera.

Y esta lluvia…
La tarde me habla quedo
como un hombre, cansado ya de días,
que repite y repite la aventura
no vivida,
y es su única aventura.

Que no sea la noche aún, imploro;
que esta penumbra se prolongue
y siga.
Que no llegue la sombra, que no arribe
la hora parda,
y el agua me columpia; recién nazco,
es temprano, necesito
de la gracia de un pétalo de tiempo,
del milagro de dar
mi voz exacta.

Un rocío ya apenas, esta lluvia
se ha quedado fulgiendo
en las corolas
amarillas y rojas de mi patio.

En cada gota –yo te absuelvo– escucho,
de la espina y la herida
que causaste.

Esta lluvia, el perdón, y mis rosales.
Emplumada de gris, vuela la tarde.

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LOS PAJARILLOS

(Este relato lo escribí pensando en el barrio obrero por excelencia de Basilea: KleinhüningeHadesn. Sus fábricas (geishas), las chimeneas de las mismas y los tranvías que cada mañana transportan a los trabajadores, hacen de este rincón un sitio especial dándole un toque de poesía)

Los pajarillos

Cada mañana, cuando la aurora riega la ciudad con sus primeros rayos de luz, veíamos abrirse la puerta tímidamente y, como soplo de viento leve, sin ruido ni apenas movimiento, salía ligera con su jaula y sus pajarillos en la mano. Se acercaba hasta la puerta del supermercado, disponía los sacos de tierra para plantas a su manera y, acomodándose entre ellos, se dormía. Dormía ese sueño mañanero, profundo y vigilante a la vez. Ese sueño donde se viven las escenas más intensas de la noche, donde se entra más adentro del inconsciente y el alma desvela deseos e historias irreveladas a la consciencia. El sueño donde la irrealidad del mundo onírico se mezcla con los colores y formas reales de la estancia donde en se duerme. Así, el país de fantasía adonde su mente la conducía cada mañana, se entremezclaba con la luz del alba y el cielo azul, el lucero matutino y el fresco de la alborada.

Cuando los primeros rayos del sol en marcha unísona con los primeros ruidos de Kleinhüningen, la frecuencia de los tranvías, la fluidez del tráfico y el vocear de las sirenas de la Ciba llamando a los primeros operarios, se aunaban, Flor de Té se despertaba, cogía sus pajarillos y entraba en la casa. Ese era también el momento donde las miradas de los vecinos que la habíamos observado desde nuestras ventanas chocaban y, embarazosamente, déjabamos caer los visillos. Una hora más tarde la volvíamos a ver salir enfundada en un vestido rojo de cuello kimono dirigiéndose hacia Dreirosen. Era bella. El pelo lacio, negro y en corte a lo paje, enfundaban la cara de tez pálida, ojos almendrados, y labios granate. Pero se movía tan dulcemente que apenas si se la percibía en su deslizarse por la calles.

Una mañana, despues de cumplir el ritual ya maníaco de apagar el despertador que había obedecido a la orden de despertarme al albor, salí furtivamente a la ventana y la observé como de costumbre. El cielo empezaba a cobrar los primeros brillos plateados y Flor de Té liberó la jaula del pañuelo de seda multicolor que la cubría. Enfundada en un albornoz negro, se recostó en la improvisada almohada de tierra y cayó en un profundo sopor que me contagió y, fue así que yo me dormí en su sueño.

En medio de una niebla color rosa y con perfume de jazmín fuí llevada a una estancia poblada de geishas que me miraban con su sonrisa hipócrita. Un pequeño oriental se abrió paso entre ellas y me mostró un inmenso río de llamas rojas y verdes. Al otro lado del río se encontraba un gran gigante con la palabra Basel escrita en la cara y hacía guiños y gestos a una gran dama que llevaba por tocado el campanario de una Iglesia. Las geishas se alborotaron y corrieron de un lado a otro asustadas por una enorme mancha verde que por el cielo se aproximaba. Feo, de ojos rojos y lengua amarilla, hiperdimensional y de papel, el monstruo verde abrió su boca como para engullirme pero, en vez de hacerlo, dejó salir de su vientre un montón de hormiguitas que se dirigían aceleradamente hacia las geishas. Éstas, en vez de rechazarlas, las acogieron gustosas bajo sus pies y, debido al cosquilleo por ellas producido, dejaron oír unas risas largas y hululantes como el gemir de las sirenas.

Flor de Té se despertó y, recogiendo sus pajarillos, se fue a su casa. Mis ojos se entrecruzaron entonces con los de los vecinos y nos miramos sorprendidos, conscientes de haber participado todos del mismo sueño.

Y otra mañana Flor de Té no volvió a salir. De la misma manera dulce como llegó, desapareció de nuestras vidas y de aquel rincón de Kleinhüningen. Nadie preguntó quién era, ni qué hacía, ni cómo había llegado allí, ni cómo había desaparecido. Teníamos miedo de darle historia y romper el encanto que dejó en nuestras vidas aquella pesadilla de verano.

Angela Fdez. de Quero Díaz

 

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