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Archive for 23 noviembre 2009

“Tres vidas de santos”, de Eduardo Mendoza

Tres magníficos relatos de Eduardo Mendoza, narrados con el inconfundible y personalísimo estilo del autor. Una combinación perfecta de seriedad e ironía. Los tres relatos que comprenden este volumen guardan un rasgo común. En ellos hay personajes que podrían califi carse de santos: no son mártires ni anacoretas, pero son santos en la medida en que están dispuestos a renunciar a todo por una idea, que cultivan sus obsesiones en su relación con los demás.
La ballena es el relato más cercano a las crónicas barcelonesas que han hecho célebre a Eduardo Mendoza, y se inicia en el Congreso Eucarístico de 1952; El final de Dubslav, ambientado en África, es una intensa narración con un final impresionante; y por último, El malentendido es una profunda reflexión sobre la creación literaria y el difícil diálogo entre clases sociales, además de una variación seria del personaje del lumpen que inspira al detective sin nombre de El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras.
Hay en Eduardo Mendoza dos facetas como narrador: una paródica, y una perfectamente seria, siempre con detalles irónicos o claramente humorísticos. Tres vidas de santos Mendoza se expresa con voz parecida a la de sus relatos paródicos, pero invirtiendo la proporción entre broma y gravedad.

(texto de la cubierta)

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“El poder del tiempo libre”, Stefan Sagmeister

Fuente: www.ted.com

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POBREZA A LOS DIEZ AÑOS

Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
de un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela… Apenas tercer grado…
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
recostada, mirando, me invadía el cansancio
de ver cómo corrían los otros por el patio.

Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
vencida y diminuta, mi corazón sangrando…
Si supieran los hombres cuánto a los diez años
puede sufrir un niño por no tener zapatos…
Qué anticipo de angustia. Todavía perdura
doliéndome el pasado. El patio de la escuela
y aquel recreo largo…

Mi piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón a los diez años.

ESTA LLUVIA, EL PERDON, Y MIS ROSALES

Y la lluvia sonríe, canta dentro
del cristal que me habita
y repercute
sobre un suelo ya antiguo
en otras lluvias, y otras tardes miradas
desde lejos.

Mi ventana de ver el mundo, abierta,
y mi puerta a algún náufrago,
descubro
que no hay puertas,
que nunca hubo ninguna
para abrir, ni cerrar; que estuve afuera.

Y esta lluvia…
La tarde me habla quedo
como un hombre, cansado ya de días,
que repite y repite la aventura
no vivida,
y es su única aventura.

Que no sea la noche aún, imploro;
que esta penumbra se prolongue
y siga.
Que no llegue la sombra, que no arribe
la hora parda,
y el agua me columpia; recién nazco,
es temprano, necesito
de la gracia de un pétalo de tiempo,
del milagro de dar
mi voz exacta.

Un rocío ya apenas, esta lluvia
se ha quedado fulgiendo
en las corolas
amarillas y rojas de mi patio.

En cada gota –yo te absuelvo– escucho,
de la espina y la herida
que causaste.

Esta lluvia, el perdón, y mis rosales.
Emplumada de gris, vuela la tarde.

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“Un día en las carreras”; (A Day at The Races, 1937), dirigida por Sam Wood; guión de R. Pirosh, G. Seaton y G. Oppenheimer:

Groucho: “¿Ya has olvidado aquellas noches en la Riviera cuando los dos contemplábamos el cielo? Éramos jóvenes, alegres, inocentes. La noche en que bebí champaña en tu zapato – dos litros. Hubiera cabido más, pero llevabas plantillas. ¡Oh, Hildegarde! No es que me importe, pero, ¿dónde está tu marido?”.

Margaret Dumont: “¡Ha muerto!”.

Groucho: “Seguro que sólo es una excusa”.

Margaret Dumont: “Estuve con él hasta el final”.

Groucho: “No me extraña que falleciera”.

Margaret Dumont: “Lo estreché entre mis brazos y lo besé”.

Groucho: “Entonces, fue un asesinato. ¿Te casarías conmigo? ¿Te dejó mucho dinero? Responde primero a lo segundo.

Margaret Dumont: “¡Me dejó toda su fortuna!”.

Groucho: “¿No comprendes lo que intento decirte? Te amo. Pensarás que soy un sentimental, pero ¿te importaría darme un mechón de tu cabello?”.

Margaret Dumont: “¿Un mechón de mi cabello?”.

Groucho: “Y no te quejes. Te iba a pedir toda la peluca. Cásate conmigo y tendremos nuestra propia familia”.

Margaret Dumont: “Oh, sería maravilloso. Y dime, cariño, ¿tendríamos una bonita casa?”.

Groucho: “Pues claro. ¿No estarás pensando en mudarte?”.

Margaret Dumont: “Temo que después de llevar algún tiempo casados, encuentres una mujer hermosa y te olvides de mí”.

Groucho: “No te olvidaré. Te escribiré todas las semanas”.

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“fuego”

(texturas…)

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SIGUIENDO CON LA PASION DEL TREN

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Por Escribiente

O cómo a partir de un Moleskine se crea un edificio con vida propia. Como dice lavacanacho en un comentario después de ver el video sobre el proceso de elaboración dejado en el blog de Juan Berrio: “Le deja a uno entumecido, pero feliz.”

Pero la construcción de la casa debe esperar unos segundos porque antes quiero contar lo que es un Moleskine. Reconozco mi ignorancia y confieso que hasta hace unos días, hasta que entré en el blog de Juan Berrio, jamás había oído la palabreja. Como suele ocurrir, echas un vistazo por internet y descubres que ya hay todo un mundo que gira sobre lo que para ti es un descubrimiento. Perdonadme todos aquellos que ya sabéis lo que es o incluso la utilizáis: un Moleskine es un cuaderno de notas con cubiertas de una tela llamada moleskin con una goma para mantenerla cerrada. Lo que la hace especial, aparte del precio, es que parece ser que todo artista que se precie debe tener y utilizar una de ellas. Se cree que Picasso, Matisse y Hemingway, entre otros, la usaban habitualmente y algunos escritores como Neil Gaiman lo hacen hoy en día. Al final cualquier cuaderno al que le pongas una goma para cerrarlo funcionaría de igual manera… pero no seria un Moleskine ¿snobismo? No le quitemos la “magia” al cuadernillo.

Entre los artistas que lo han utilizado también está Juan Berrio, que con cuarto y mitad de ingenio y mucho de sentimiento levanta un edificio de viviendas dejando constancia del proceso de construcción en un entrañable video:

Imprescindible darse una vuelta por su nuevo blog: “Cuaderno de frases encontradas”. En él recoge bocetos con frases sueltas que va encontrándose por la calle. Un ejemplo sería una que el otro día pude oírle a una persona que tranquilamente iba hablando por teléfono, con un tono nada ofensivo: “oye, cuando vas a casa de mi novia ¿normalmente a qué vas?” (más…)

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