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Archive for 21/10/09

MÁS CUENTOS. GONZALO

bilderconra 008(Paisaje. Conrado Granado)

“Quería que saliera algo de sus manos y no sabía qué. Se sentía lleno de una creatividad que no encontraba su cauce para llegar a dar vida. Una y otra vez metía y sacaba la mano en la cesta llena de ovillos de variados colores y variadas texturas. Azules, rojos, amarillos, verdes, marrones. Cogía los hilos y tiraba de ellos. Lana, algodón, seda. Calidad. Belleza que estaba esperando a que alguien la moviera para ser algo.

Deseó ser mujer para dar vida a un jersey, a un tapete. Crear ciervos, flores, mariposas en los visillos como su madre, su abuela, su hermana, sabían hacer. Pero él no, a él le habían castrado la habilidad para las cosas finas. Obligado a ser rudo sólo por ser hombre y sintiendo que su cuerpo, su mente, estaban llenos de una energía que no podía crear porque no sabía. Obligado a hacer mesas, sillas, librerías, sembrar, arar, recoger, ser un macho de carga.

La rabia le subía a la garganta y quería explotar buscando camino hacia las orejas. Carraspeó y tosió para liberarse del picor producido por la ira.

De un puntapié tiró el canasto y los ovillos rodaron por el suelo, entrecruzándose unos con otros, saltando, volando en el aire como si tuvieran vida propia, como si a falta de alguien que los utilizara para nacer algo, se hubieran propuesto ellos mismos cumplir la función para la que habían sido hechos. Llenaron el suelo del salón de un hermoso tapiz de colores semejantes a los campos en mayo. Los verdes del trigo joven, los morados de  la lavanda, los rojos de las amapolas, los blancos de las margaritas, los amarillos de la mostaza, los azules de la flor del romero.

Gonzalo, maravillado ante aquel derroche de colores, se tiró al suelo y, jugando con los dedos, se paseaba de un campo a otro. Ora sembrando, ora labrando.

Y el destino lo cogió preso. Ese destino que obliga a las cosas y a las personas a ser para lo que están hechas, quieran o no, y pasa por encima de deseos, de aspiraciones, de anhelos. Pasa rompiendo sueños de la infancia, proyectos de juventud. Y cortó el trigo antes de que madurara, y la lavanda antes que se secara, y deshojó amapolas y margaritas, y pisoteó, arrancó, trilló la mostaza. Entre sus dedos solo quedó el color marrón, enrrollado, amoratándole las manos y sacando un gemido a su garganta. Ese marrón cuna y principio del primer hombre creado. Marrón de barro. Barro de lo que se crea y barro del que las obras del hombre se reducen al fin. Porque el hombre era eso, era un ser que construía y destruía.

Y Gonzalo maldijo su destino. Maldijo los hilos que no tienen colores, que no se ven, pero que sí se sienten. Esos que lo agarraban, aprisionaban, lo obligaban a ser lo que no quería ser. Porque él, allí muy dentro, en un rincón de sus entrañas, tenía una fuerza creadora que estaba loca por poder ser ella misma, que quería ser vida y belleza, y cántico, y alegría, y que no entendía por qué le habían designado el color marrón en la creación.

Angela Fdez. de Quero

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