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Archive for 18/09/09

EL MOLINO VIEJO

desde el molino viejo

Aunque Julia no había estado nunca en la Mancha, le gustaba presumir de haber nacido en un lugar de la Mancha de donde sí quería acordarse. Lo decidió siendo aún una niña. Un día le mostró su amiga -que sí había nacido en la Mancha- la foto de un molino viejo. Estaba roto, herido y solo, pero sereno, y se levantaba majestuoso sobre un cerro que presidía una llanura grande y extensa como un mar de tierras multicolores, y envidió su grandeza, y su espíritu anheló llegar a poseer la entereza de aquel molino. Cuando la maestra le preguntaba: “Dime Julia, ¿qué quieres ser de mayor?”, ella siempre contestaba: “Molino viejo”, lo que provocaba las risas burlonas y malintencionadas de sus compañeras de clase y una expresión entre incrédula y colérica de su maestra.

Pasó el tiempo y tuvo que elegir una profesión que se aunara con la pasión bajo la que su alma estaba sometida y la obligación de hacer algo práctico en la vida, y decidió ser piloto de vuelo. Deseaba sobrevolar las tierras manchegas y, de tanto oír a Dimas – que sí era manchego y que sí sobrevolaba la Mancha al menos tres veces por semestre – qué hermoso era dominar el campo abierto desde la altitud relativamente cercana de la avioneta, ir casi a ras del suelo, ya que no había ningún obstáculo que impidiera un vuelo corto, se olvidó de que lo más importante era aprobar los exámenes. El día que suspendió, Dimas moría en un accidente aéreo al estrellar su avioneta contra sus amadas tierras manchegas, y Julia cayó en un pozo oscuro del que no sólo no podía, sino que no quería salir.

No fue consciente del tiempo que pasó en aquel centro de salud, manicomio, psiquiátrico, casa de locos al fin; porque ella sabía que estaba loca, pero no le importaba.

Un día fue a verla Maruja, su amiga manchega de la infancia. Se le acercó despacio, no la vio, aunque tenía los ojos abiertos, porque hacía tiempo que había decidido no ver, pero sintió su perfume suave, casero, perfume de madre, porque Maruja, ya cuando era una niña, siempre había irradiado un perfume tibio de madre. Desde lejos, poco a poco, así como las ondas del mar comienzan a darse paso en la consciencia, empezó a oír su voz.

Maruja le enseñó una fotografía vieja que dejó reposar sobre su regazo. “¿Te acuerdas de esta foto, Julia? Te gustó tanto cuando eras pequeña que empezaste a decir a todo el mundo que querías ser molino viejo. En mi pueblo está este molino viejo, pero también hay otros molinos. Creo que te has olvidado que para llegar a ser molino viejo, antes debes de ser simplemente molino. Debes empezarte, construirte y vivir como molino, hasta que la vida y los golpes te vayan derribando y te hagan lo suficientemente serena como para poder contemplar tranquila la llanura a tu alrededor. Vas a venir conmigo a mi pueblo. Te voy a enseñar las balas aún clavadas en la pared del molino, de la gente que fue fusilada en la guerra civil y que nadie se dio la pena después en quitárselas. Vas a ver que para subir al punto más alto de él, hay que trepar por unas escaleras rotas y… ¡cómo le dolió al molino perder sus escaleras! Y qué me dices del día que perdió las aspas, y la muela. Hay mucho dolor gravado en aquel molino.

Julia tú crees que estás en un pozo negro y te refugias en él y no quieres salir de él porque piensas que no pudiste ser molino, pero te equivocas. Te voy a llevar a mi pueblo y te voy a enseñar el molino nuevo y verás que dentro de él todo es oscuro. Se necesita aquella oscuridad para estar fresquito y protegerse del calor del verano, pero no te quedes ahí, mira, ven conmigo a la parte superior y verás que está lleno de ventanas chiquitas que dan a los cuatro vientos y a los cuatro puntos cardinales. Julia tú no estás en un pozo, estás simplemente dentro del molino. Asómate conmigo a una de las ventanas. Mira cómo desde aquí tambien dominas la llanura de la Mancha.”

Julia miró a su amiga y sintió por primera vez el fresquito del jardín, el canto alegre de los pájaros unido al rumor del tráfico proveniente de la carretera cercana, el olor de la tierra recién regada y comprendió que a pesar de haber perdido la primera vela de sus aspas aún le quedaba mucho que moler. Bendijo el momento en el que la vida le había regalado aquella amiga y se decidió a ser molino con todas sus consecuencias.

Angela Fdez. de Quero

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”Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a si mismo.”

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