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Archive for 14/03/08

Por Cristina

Lugares mágicos de España y Portugal. Jesús Callejo, Paulo Loucáo y Tomás Martínez. Editorial Esquilo.

Existen muchos libros destacando la belleza paisajística que tiene nuestra Península Ibérica, pero muy pocos hablan de los auténticos enclaves mágicos repartidos por España y Portugal, la mayoría de ellos desconocidos para el gran publico. Profusamente ilustrada a todo color, esta obra es la guía más completa que podemos encontrar sobre los llamados “lugares de poder”, recogiendo sus tradiciones ancestrales, sus creencias religiosas, sus leyendas más genuinas, su riqueza arqueológica y su indudable influencia sobre el ser humano a lo largo de la Historia. En el momento que abra las paginas de este libro descubrirá esos parajes insólitos y misteriosos que buscaría un viajero del conocimiento. Se adentrará en los secretos de las líneas ley, de las energías telúricas que de ellos emanan y de los fenómenos sobrenaturales que se han producido. Lugares que, en ocasiones, son capaces de despertar más de una conciencia dormida. Hasta se corre el riesgo de conocernos un poco más a nosotros mismos . Ese es el reto.

De la mano de tres prestigiosos especialistas en estos temas: Jesús Callejo, Paulo Loucáo y Tomás Martínez, tendremos una nueva y personal perspectiva de dos hermosos países repletos de enclaves mágicos

Un libro imprescindible para llevar en la mochila en los futuros recorridos por las carreteras de España y Portugal



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Por Bibliotecario

En 1519 Fernando de Magallanes al frente de 5 naos y 265 hombres inició la aventura de dar la primera vuelta al mundo, aventura que concluyo con éxito en 1522 con sólo 18 supervivientes en una única nao: la Victoria; Magallanes no se encontraba entre ellos.

Uno de esos supervivientes fue Antonio Pigafetta, un piloto italiano que acompañó a Magallanes y el cual a través de su diario nos ha permitido conocer la historia de ese viaje y sus penalidades. Aquí os dejamos un fragmento del mismo:

El miércoles 28 de noviembre [de 1520] desembocamos del estrecho para entrar en el gran mar, al que enseguida llamamos mar Pacífico, en el cual navegamos durante tres meses y veinte días sin probar ningún alimento fresco.

La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la substancia y que tenia un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda. Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos de cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que había que remojarlo en el mar durante cuatro o cinco días para que se ablandase un poco y después lo cocíamos y lo comíamos.

Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro, que se pagaba cada una a medio ducado.

Mas no fue esto lo peor. Nuestra mayor desdicha era vernos atacados de una enfermedad por la cual las encías se hinchaban hasta el punto de sobrepasar los dientes, tanto de la mandibula superior como de la inferior, y los atacados de ella no podían comer ningún alimento. Murieron diecinueve, entre ellos el gigante patagón y un brasileño que iban con nosotros.

Además de los muertos tuvimos de veinticinco a treinta marineros enfermos, que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo; pero se curaron.

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