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Archive for 9/02/08

George Méliès

Por Bibliotecario

Georges MeliesMe pregunto qué debieron pensar los treinta y tres asistentes de la primera proyección de cine realizada por los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895 en el Gran Café, en el nº 14 del Boulevard des Capucines cuando vieron a un tren en la pantalla avanzando hacia ellos. Entre esos asistentes había un joven mago de treinta y cuatro años de edad, director del famoso y prestigioso teatro Robert Houdin, llamado George Méliès. Estas son las palabras que Méliès dejó escritas en su diario: “en frente de una pequeña pantalla, similar a las que se usan en proyecciones, y, después de unos minutos, apareció sobre ella una fotografía de la Plaza Bellcour en Lyons. Un poco sorprendido, me volteé y le dije a mi vecino, “¿nos trajeron acá para ver proyecciones?, yo he hecho eso desde hace diez años”, pero apenas dije la última palabra un caballo jalando una carreta comenzó a caminar hacia nosotros seguido por otros vehículos y después por un transeúnte. Pronto, por todo el rebusque y el ruido de una calle. Nos sentamos ahí, con nuestras bocas abiertas, sin hablar, llenos de asombro”.Era la primera proyección de cine realizada. Thomas Edison había inventado el cinematógrafo dos años antes, en 1893, pero no le dio importancia alguna. El cinematógrafo, parecido al kinetoscopio, pero en donde las imágenes salían de la caja -la gran ventaja del cinematógrafo es que la pantalla permitía que hubiera más de un espectador al mismo tiempo-, fue patentado por Louis y por Auguste Lumiére. George Méliès quedó tan fascinado por las posibilidades del artefacto que al terminar la proyección pretendió comprárselo al padre de los hermanos Lumiére, Antoine Lumiére, por 10000 francos, una suma más que considerable. La negativa de Antoine Lumiére fue rotunda, ya que según decía, no quería estafar a Méliés con un juguete de fin de siglo que carecía de futuro. George Méliès estaba tan empeñado en adquirir un proyector que finalmente acabó comprando en Londres un aparato similar llamado bioscopio a Robert W. Paul. Finalmente inventó su propio proyector, el kinetógrafo. En un principio Méliès proyectaba en su teatro Robert Houdin las películas de Edison y de los hermanos Lumiére; pero pronto se decidió a rodar sus primeras películas, y el 4 de abril de 1896 abrió el primer cine de la historia. Las películas de los hermanos Lumiére no pasaban de ser meros documentales, como la salida de los trabajadores de una fábrica, una jugada de cartas o un tren llegando a una estación. Estos primeros trabajos son simplemente tanteos de las posibilidades que ofrece el cinematógrafo, pero al mismo tiempo, no se plantea la posibilidad de ir más allá del simple juego y de la curiosidad infantil. El gran mérito de Méliès, lo que hace que se le conciba como el padre del cine, es el hecho de plantearse que a través del cine se podía crear ficciones, no ya documentales que reflejaran la realidad, sino historias imaginarias, equiparándose en su uso de la fantasía con otras artes. (más…)

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Por Bibliotecario

Portada de Los pilares de la Tierra– He comido un bollo.

– ¿Le has contado a Alfred todo esto?

– Todavía no. Tengo que hacerlo ahora.

– Dile que se ande con ojo.

– Que se ande con ojo -repitió la niña- ¿Debo decirle eso antes o después de que le cuente lo del hombre que robó nuestro cerdo?

– Después -respondió Tom. Poco importaba, en definitiva, pero Martha quería una respuesta firme. Con una sonrisa, añadió-: Eres una chica muy lista. Ya puedes irte.

– Me gusta este juego -dijo ella. Saltó ágilmente la zanja y echó a correr hacia la ciudad. Tom la siguió con la mirada con una mezcla de cariño y enfado. Él y Agnes habían trabajado de firme para ganar dinero y alimentar a sus hijos, y estaba dispuesto incluso a matar para recuperar lo que les habían robado.

Quizá el ladrón también estuviera dispuesto a hacerlo. Los proscritos estaban fuera de la ley, como su propio nombre indicaba. Vivían en un ambiente extraordinariamente violento, y ésa no debía de ser la primera vez que Faramond Openmouth tropezaba con una de sus víctimas. Era peligroso, desde luego.

La luz del día comenzó a desvanecerse con sorprendente rapidez, como a veces ocurría en las lluviosas tardes otoñales. Tom empezó a preocuparse por si sería capaz de reconocer al ladrón bajo aquella lluvia. A medida que anochecía entraba y salía menos gente de la ciudad, ya que la mayoría se había ido con tiempo suficiente para llegar a sus aldeas al anochecer. Las velas y linternas empezaron a parpadear en las casas de la parte alta y en las chozas de los barrios pobres. Tom comenzó a preguntarse con pesimismo si después de todo el ladrón no habría decidido pasar la noche en la ciudad. Quizá tuviera en ella amigos tan deshonestos como él que lo acogerían aun a sabiendas de que era un proscrito. Tal vez….

Y entonces divisó una figura embozada con una bufanda.

Avanzaba por el puente de madera acompañado de otros dos hombres. Tom pensó de pronto que era posible que los dos cómplices del ladrón, el calvo y el hombre del sombrero verde, hubieran ido con él a Salisbury. No los había visto en la ciudad, pero podían haberse separado por un tiempo para reunirse en el momento de emprender el camino de regreso. Tom masculló un juramento, ya que no creía que pudiera enfrentarse a tres hombres, pero el grupo se separó a medida que se acercaba, y Tom se sintió aliviado al advertir que no iban juntos. Los dos primeros eran padre e hijo, dos campesinos morenos, de ojos muy juntos y nariz aguileña. Cogieron el camino de Portway seguidos por el hombre de la bufanda.

Los pilares de la Tierra. Ken Follett. Plaza & Janes, Barcelona, 2003.

¿Después de leer la página 69 de éste libro te animarías a leerlo entero? Si ya has leido el libro ¿qué te pareció?

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