Por Escribiente
El proceso creativo se nutre del pasado, adaptándolo, transformándolo o bien sirviendo de base para tomar impulso y trasladarse a una nueva dimensión. En este caso Joann Sfar utiliza un fragmento de la obra de Ernest Hemingway, “París era una fiesta”, para incluirlo en su cómic “Pascin”. En él nos cuenta el encuentro entre Pascin, acompañado por dos hermanas, y un joven americano (Hemingway), pero en este caso desde la perspectiva de Pascin. Transcribo primero el relato original y a continuación las páginas del cómic para comprobar la diferente visión del mismo suceso según sea el narrador Hemingway o Pascin (Sfar). La acción discurre en los años 20, en el Dôme de París.
“París era una fiesta”, de Ernest Hemingway.
Entré y me senté a una mesa dodes estaba Pascin con dos modelos que eran hermanas. Pascin me hizo una seña con la mano, cuando yo estaba parado en la acera de la rué Pelambre, dudando si entrar a tomar una copa o no. Pascin era un pintor muy bueno, y estaba borracho, de una borrachera sostenida y deliberada y llena de sentido. Las dos modelos eran jóvenes y bonitas. Una era muy morena, menuda, bien formada, con una viciosidad falsamente frágil. La otra era aniñada y tonta, pero muy linda, en un estilo aniñado poco
duradero. No estaba tan bien formada como su hermana, pero es que aquella primavera no lo estaba nadie.
- La hermana buena y la hermana mala -dijo Pascin-. Tengo dinero. ¿Qué quieres beber?
- Una caña de rubia -dije al camarero.
- Pide un whisky. Tengo el dinero.
- Me gusta la cerveza.
- Si de verdad te gustara la cerveza irías a Lipp. Supongo que has estado trabajando.
- Sí.
- ¿Marcha?
- Espero que sí.
- Bien. Así me gusta. ¿Y todo conserva su buen sabor?
- Sí.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veinticinco.
- ¿Quieres tirártela? -miró a la hermana morena y sonrió-. Lo necesita.
- Ya te la habrás tirado tú bastante hoy.
Ella me sonrío con abiertos labios.
- Tiene muy mala lengua -dijo-. Pero es bueno.
- Puedes llevártela arriba al estudio.
- No seas cerdo -dijo la hermana rubia.
- ¿Y a ti quién te ha dicho algo? -le preguntó Pascin.
- Nadie. Pero yo dije lo que pienso.
- Pongámonos cómodos -dijo Pascin-. El serio joven escritor y el sabio y cordial viejo pintor, y las dos hermosas muchachas, con toda la vida abierta ante ellos. Allí estuvimos sentados, y las chicas bebían sorbitos de sus bebidas, y Pascin se tomó otra fine à l’eau y yo mi cerveza, pero nadie estaba cómodo excepto Pascin. La morena estaba nerviosa y se exhibía como en un escaparate, volviéndose de perfil y haciendo que la luz destacara las concavidades de su cara, y enseñándome los pechos ceñidos por el jersey negro. Llevaba el pelo corto, liso y negro como el de un oriental.
- Has posado todo el día -le dijo Pascin-. ¿Hay alguna razón para que ahora sigas de modelo de este jersey?
- Me gusta -dijo ella.
- Pareces una muñeca javanesa.
- No lo dirás por los ojos -dijo ella-. Mi estilo es más complicado.
- Pareces una pobrecilla muñeca pervertida.
- Tal vez -dijo ella-. Pero estoy viva. Tú no llegas a tanto.
- Ya lo veremos.
- Muy bien -dijo ella-. Pero exijo pruebas.
- ¿No las tuviste hoy?
- Oh, eso -dijo la chica volviéndose para recoger en su cara la última luz del crepúsculo-. Te puso caliente lo que pintabas. Está enamorado de sus telas -me explicó-. Siempre hace con ellas alguna porquería.
- Quieres que te pinte y que te pague y que te joda para aclararme la cabeza, y que además me enamore de ti -dijo Pascin-. Pobre muñeca tonta.
- A usted le gusto, ¿verdad, monsieur? -me preguntó ella.
- Mucho.
- Pero usted es mucho mayor que yo -dijo con tristeza.
- Todos tenemos el mismo tamaño en la cama.
- No es verdad -dijo su hermana-. Y ya estoy harta de esta conversación.
- Mira -dijo Pascin-. Si piensas que estoy enamorado de las telas, mañana mismo te pinto a la acuarela.
- ¿Cuándo cenamos? -preguntó la hermana-. ¿Y dónde?
- ¿Cenará usted con nosotros? -preguntó la chica morena.
- No. Iré a cenar con ma légitime.
Así se decía entonces. Ahora dicen ma régulière.
- ¿Tiene que ir?
- Tengo que ir y quiero ir.
- Vete, pues -dijo Pascin-. Y no te enamores de la máquina de escribir.
- Si me lo noto, escribiré a lápiz.
- Mañana a acuarelar -dijo-. De acuerdo, niñas, me tomo otra copa y luego cenamos donde queráis.
- Chez Vikings -insistió la hermana.
- De acuerdo -convino Pascin-. Buenas noches, jovencito. Que duermas bien.
- Lo mismo te digo.
- Éstas no me dejan dormir -dijo él-. Nunca duermo.
- Duerme esta noche.
- ¿Después de los Vikings?
Hizo una mueca, y llevaba el sombrero hacia atrás, encasquetado en la nuca. Se parecía más a un personaje de revista de Broadway a fines de siglo, que a un pintor excelente como era, y luego, cuando se hubo ahorcado, me gustaba recordarle tal como estaba aquella noche en el Dôme. Dicen que las simientes de todo lo que haremos están en todos nosotros, pero a mí me parece que en los que bromean con la vida las simientes están cubiertas con mejor tierra y más abono.
“Pascin”, de Joann Sfar


De la versión del cómic señalo dos cosas que me han llamado la atención:
- ¿Hemingway escandalizando?, no creo que fuera de esos.
- Por otro lado si creo que lo define la frase: “Se cree un héroe de no sé donde”